jueves, 2 de septiembre de 2010

7. Hans

En mis sueños, Adler me llamaba intensamente, recordándome que él seguía estando allí, en mi mente, en mis recuerdos. Numerosas veces había soñado con él, mi mejor amigo. Podía observar con nitidez su mirada melancólica.
Esa noche, la noche que me abandoné a las calles, mis sueños no fueron una excepción, y Adler no faltó a su cita con mi mundo. Pero, esta vez, algo había cambiado en él. Me agarraba de la mano con fuerza, intentando que yo no cayese al vacío.
Por la mañana, desperté en un callejón, rodeado de gente que discutía sobre algo que yo no llegaba a entender con claridad, sucio y con algunas botellas alrededor de mí. Me llevaban a algún sitio y yo no comprendía nada. Al cabo de unos minutos, me encontraba con la cabeza en la bañera de una casa o un piso, tampoco lo sabía. Me echaron agua por la cabeza y me pusieron en un sofá.
Después de aproximadamente dos horas durmiendo, abrí los ojos y me encontré con la bandera de las Waffen-SS sobre la pared pintada de blanco. Sentí un gran alivio, pero aún así, no me terminaba de fiar del todo. No conocía a esa gente, aunque el hecho de que hubiesen llevado a su casa a un desconocido borracho decía algo de ellos.
Yo tosía mientras me incorporaba cuando un hombre muy alto apareció como de repente en la puerta.
- Así que te has despertado ya, ¿eh?
>> Menos mal que la suerte ha jugado a tu favor y te hemos encontrado nosotros, la cosa podía haber sido un desastre total. No es muy buena idea por tu parte que te pasees borracho por ahí con una cazadora del partido. ¿Por quién pasas?
- Eh, sí... Dustin.
- Yo soy Hans. ¿Eres alemán?
- Sí...
- Se nota.
Mientras lo observaba, se encendía un cigarrillo tranquilamente.
- Oye, chico, ¿cuántos años tienes?
- He cumplido dieciséis este verano.
Se rió sonoramente mientras me observaba.
- ¿No crees que es una edad un poco temprana para emborracharse de esa manera?
- Yo... sí... Bueno, creo que debería de irme.
- Oye, antes de que te vayas. Si necesitas algo, o quieres venirte algún día con nosotros llámame a este número. Hay más chavales de tu edad, seguramente te llevarás bien con ellos.
Me dio una nota escrita en un papel de libreta.
Yo ya estaba andando hacia la puerta mientras miraba el papel.
- Oye, espera, ¿no crees que debería llevarte en coche mejor? ¿Eres nuevo en la ciudad?
- Sí...
Yo todavía me encontraba en un estado de confusión.
- Entonces te llevaré, te podrías perder.
Subimos a su coche, no muy bonito por cierto. Le dije la calle donde vivía.
Mientras íbamos hacia mi casa, pensé en lo bueno que había sido que me encontrase con Hans. Simplemente porque me había dado cuenta de que estabamos tardando media hora en llegar y me hubiese perdido. Bueno, además, ya conocía a alguien de interés en la ciudad. Permanecíamos en silencio todo el camino, hasta que empezó él a hablar.
- Por si te interesa, tengo veinte años.
Ciertamente, no le había preguntado su edad.
Su cabello rubio oscuro brillaba con el sol que entraba por la ventana del coche. Fuera, hacía viento.
- ¿Qué es lo que soléis hacer? -pregunté de repente.
- Hmm... Bueno, normalmente vamos a un bar cerca de mi casa. Hablamos, bebemos... en fin, supongo que eso a ti te va, ¿no? - y lo remató con una sonora carcajada.
- ¿Puedo preguntar a qué te dedicas?
- Aunque no te lo puedas creer, estudio en la universidad.
Por fin podía divisar mi casa a lo lejos.
- Gracias por haberte molestado en todo esto.
- No hay de qué, chico. ¿Es aquí? - preguntó mientras paraba en mi barrio.
- Sí, sí. En fin, muchas gracias. Si hay algún favor que pudiese hacerte, no dudes en decírmelo.
Le apunté mi número en su móvil y andé hasta mi casa. Eran aproximadamente las once de la mañana. Cuando entré, todos me esperaban desesperados en la entrada, incluso Legan.
Se abalanzaron hacia mí, preguntándome que me había pasado, si estaba bien.
Les conté que me había quedado dormido en casa de un amigo. Tuve que inventarme una historia totalmente falsa. Me creyeron a medias, porque apestaba a alcohol. Después empezaron a expresar lo decepcionados que estaban conmigo, porque ni si quiera los avisé.
Después de una hora hablando sobre el tema, subí a mi cuarto, abrí mi correo en el ordenador, y me dispuse a escribirle a Adler.

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