martes, 29 de junio de 2010

4. El reflejo de una luz

Desperté en una maravillosa mañana de verano. Mientras desayunaba tomandome simplemente un café, recordé a Artur. Hacía varios días que no sabía nada de él porque no lo había llamado, pero hoy quise hacerlo, así que subí a mi habitación y lo llamé desde mi móvil.
- ¿Artur?...
- ¿Quién es?
- Soy Dustin, no sé si te acordarás de mí... nos conocimos el otro día en una librería.
- Ah, claro. ¿Quieres que te enseñe la ciudad? No tengo nada que hacer... Aunque mejor será por la noche, te gustará más.
- Perfecto. ¿A las nueve?
- Sí, sí. Esperame en la librería del otro día. ¿Te importa que lleve a un amigo? Te vendrá bien conocer gente nueva, ¿no?
- Sí... Claro. Hasta luego.

... ¿Un amigo? ¿Qué clase de amigo? Mientras paseaba a Legan pensé que no podía vivir con miedo toda mi vida, y que ya está bien.
Volví a mi casa y no había nadie. ¿Dondé estaban todos? ¿Por qué siempre hacían lo mismo, desaparecer sin decir nada? Seguramente habrían ido a dar un paseo o algo así, no se me ocurrió nada. Comí algunas sobras que habían el frigorifico, ya que no aparecían. Después estuve hablando con mis amigos con mi portátil y escuchando algo de música hasta las ocho.
Las ocho: salgo de mi casa. Me dirigo a la librería vestido con una camiseta de manga corta negra y unos pantalones blancos que me llegan hasta las rodillas. De lejos veo a Artur y a otra persona junto a él. Me miran. Finalmente llego y Artur me presenta a su amigo. No le presto mucha atención. Los tres caminamos mientras Artur me habla sobre como es el instituto, a petición mía.
Llegamos al Keizersgracht, iluminado con bombillas colocadas en los arcos. Me apoyo sobre la barandilla y contemplo el agua. Las luces se reflejan en ella. Un paisaje inédito para mí se coloca ante mis ojos, y yo lo contemplo lentamente, admirandolo... Tal es el espectaculo, que Artur me miró, dandose cuenta de que estaba fascinado por el paisaje, pero no dijo nada, y me dejó saborear el momento.
No me había dado cuenta de que su amigo tenía un pequeño tatuaje en la muñeca de una hoz y un martillo, hasta que me giré y lo vi apoyado en la barandilla también. Me quedé mirando y se dió cuenta de mi observación. Me sentí como si estuviese en territorio enemigo y quise irme. Me despedí y me fui rápido a mi casa, pero mientras iba, me cruzé con Edda. La iba a saludar, pero pasó de largo, pasó de mí, y yo me quedé parado en la calle.

2 comentarios:

  1. Que terrible es cuando sientes estar en territorio enemigo, luego no sabes que hacer y te persigues hasta por si acaso.
    Saludos.

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  2. Para ser una Tchaikinski, ¡vaya bien que te defiendes en español!
    Bromas aparte, creo que el blog se te queda un poco corto. ¿Qué tal un formato más ambicioso, como un libreto de relatos?

    Un beso desde este lado de los Urales.

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