lunes, 14 de junio de 2010

3. Artur y una bici

Durante varios días estuve vagando por los alrededores intentando encontrar a Edda. Era jueves por la tarde y estaba aburrido. Decidí alquilar una bici y darme una vuelta a ver que encontraba. Vestía normal para no llamar mucho la atención. Todo iba bien hasta que vi a un chico vestido de skinhead. Me quedo mirando tanto, intentando reconocer su bando, que casi me caigo. Está mirando los libros que hay en un escaparate. Me bajo de la bici y la dejo apoyada en un árbol. Me acerco al escaparate, disimulando que estoy mirando libros. Lo miro de reojo, él ni si quiera me mira. Lo vuelvo a mirar para saber qué libro está mirando. Entonces me mira al darse cuenta de mi interés. Parece que tiene más o menos la misma edad que yo. Parecía que me intentaba decir algo.
Al final me decido por hablarle.
- ¿Te gustan los libros?
-Según que tipo de libros- me observa con desconfianza.
-¿Cómo te llamas?
- ¿Por qué debería de decirte mi nombre?
- No sé... Yo me llamo Dustin...
- Está bien... Artur..
Lo observo unos instantes; está rapado, pero parece tener el pelo rubio ceniza y los ojos grises. Con todo esto, se me había olvidado que quizás podría ser mi enemigo.
Entramos a la librería porque va a comprar un libro para un regalo, y yo de mientras miro otros. Mientras el cajero le envuelve el libro, se vuelve para coger uno sobre Bakunin. Lo miro de otra manera ahora, y me alejo de los libros que estaba viendo para acercarme a él y comentarle sobre el libro.
-¿Te lo has leído?
- No, pero algún día de estos lo haré, las vacaciones son largas.
Mi pregunta era estúpida, pero no se me ocurrió otra cosa. Volvió a la caja para pagar y nos fuimos. Seguimos andando y charlando. Le dije dónde vivía, mi número de teléfono, mi móvil, mis aficiones, le dije casi todo, excepto mi forma de pensar. Después me pregunté por qué, por qué le tenía que haber contado todo eso. En un arrebato de arrepentimiento, le dije que me tenía que ir.
-Está bien, si necesitas que te enseñe la ciudad o lo que sea, llámame.
Lo vi alejarse. En mi mano tenía un papel con su número de móvil. De repente me acordé de qué me había dejado la bici apoyada en el árbol. Volví casi corriendo. Por suerte, seguía allí. Ya eran aproximadamente las nueve de la noche. Dejé la bici donde la había alquilado y me fui a casa. Mi casa estaba cerca, así que no tuve que andar mucho.
Al llegar a casa, subí directamente hacia mi habitación, cerré la puerta y me senté en una silla al lado de la ventana. Ví como pasaba la gente mientras pensaba a cerca de Artur. ¿Y si descubría como pensaba? ¿Me aceptaría? Pensé en decírselo, pero después decidí que sería mejor si se lo decía cuando ya lo conociese más. Con todo esto, se me había olvidado cenar, pero ya daba igual. Me puse a leer al lado de la ventana, pero mientras leía, me perdí en mis propios pensamientos, recordando de nuevo a mis camaradas...

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