sábado, 2 de octubre de 2010

9.- Miradas

Hoy era sábado. Llovía intensamente. Aún así quería salir de mi casa. Busqué el número de teléfono de Hans y lo llamé. Me habló de ir a un bar cerca de su casa. Al principio desconfié, pero fui optimista y le dije que iría. Yo no sabía dónde estaba el bar, ni si quiera me acordaba de donde estaba su casa, así que vino a recogerme a mi casa.
Me vestí con mis botas Dr Martens, también con mi cazadora negra. A pesar de que hace tiempo que dije que me raparía, todavía no lo he hecho. No sabía si hacerlo o no. Decidí preguntarle a Hans su opinión más tarde.
Cuando se hizo la hora, miré por la ventana y vi el coche de Hans. Me asombré por su extrema puntualidad y salí afuera a paso ligero. Entré en su feo coche y me saludó amistosamente. Durante el trayecto hablamos sobre política y algunas tonterías sin importancia.

Por fin llegamos al bar. Por dentro, casi todo era de madera. Nos sentamos en una mesa llena de gente vestida de skinhead, riéndose y hablando con un elevado tono de voz. Hans me presentó a todos los miembros reunidos alrededor de aquella mesa. A partir de ahora, yo estaba en su grupo, y ya no había vuelta a atrás. Sencillamente, me alegré. Me alegré de pertenecer a un grupo de personas, que además, pensaban igual que yo.
Estuve allí un rato, charlando y riendo tranquilamente. Entablé amistad con una chica llamada Anna.
Yo no me consideraba muy extrovertido, sino todo lo contrario. Pero, respecto a Anna, creo que me resultó fácil hacerme amigo suyo.
Estuve toda la tarde y parte de la noche allí. Llegué a las diez y media a mi casa. Me despedí enérgicamente de Hans. En casa, mi madre se preocupaba demasiado por mí. Le dije que no pasaba nada y le sonreí. Se quedó realmente extrañada y no pronunció palabra.
Subí a mi habitación y abrí mi correo, esperando que Adler Artmann me hubiese contestado. Sonreí de nuevo al ver que, efectivamente, me había contestado:
 Dustin, cuánto tiempo. Sencillamente no sé que decirte. Te diría que todo sigue igual por aquí, pero no es cierto. Ciertas tensiones se han instalado en nuestro grupo de camaradas, y no sé muy bien como resolverlo. Sencillamente siento que este es el final. Lo sé. Es una mala noticia. No es definitiva pero es lo más seguro. Tú no tienes nada que ver. Todos, por separado, y todos, juntos, te seguimos apreciando. He odiado decir esta frase tan sentimental, pero creo que es importante que te lo diga. Sería genial que vinieses por vacaciones. Te seguiré escribiendo en cuanto haya alguna novedad.
atte. Adler Artmann

Me quedé algo impresionado. No me lo había podido imaginar. Todo era demasiado radical para mí: cambio de camaradas, cambio de casa, cambio de país... Ahora sabía que las cosas cambiaban. Y podían cambiar bruscamente. Empezaba a asimilar la situación de que había perdido a mi grupo de amigos de toda mi vida. Ya no estábamos todos juntos, ahora íbamos por separado.
Me miré en el espejo del baño. ¿Por qué había tanto silencio? Parecía como si no hubiese nadie en la casa. Miré mis ojos azules. Intenté ver más allá de ellos. Y sólo vi tristeza.

sábado, 11 de septiembre de 2010

8. Para Adler Artmann

Antes de escribirle un e-mail a Adler, estuve sentado un buen rato delante del ordenador pensando que le diría. Finalmente, al no obtener nada con claridad, me decidí a empezar a escribir.

Camarada Adler,
finalmente he decidido escribirte. Amsterdam es bonita, pero no tanto como Dresden. Mi familia y yo estamos montando nuestra librería y vivimos en una casa cerca del centro de esta ciudad. He conocido a varias personas, aunque todavía son simplemente conocidos. Sin querer queriendo conocí a unos supuestos comunistas, aunque prefiero no contar la historia. Por suerte no saben casi nada sobre mí. 
Sé que odias que la gente se ponga dramática y/o sentimental, pero tengo que decirte que echo mucho de menos Dresden y a todos vosotros. De hecho, estoy deseando volver. Quizás pueda ir estas vacaciones de navidad. Dentro de poco empezaré el instituto aquí. Me gustaría saber que tal os va por allí y cuáles son las novedades.
atte. Dustin 
Me faltaron muchas cosas por decirle, pero quería que todo estuviese bien, y sin cosas raras de por medio.
Después de comer, fui a la tienda a ayudar a mis padres. Teníamos que descargar los muebles. Estuve casi toda la tarde allí descargando y colocando. Hoy hacía mucho viento y estaba nublado, así que no había demasiada gente por la calle. Mi padre me lanzaba miradas furtivas. Supuse que lo hacía porque todavía seguía pensando en mi ''escapada nocturna''. Siempre que me aburro, estoy pensando en algo. Esta vez pensaba en la terrible tragedia que ocurrió en mi casa con Edda. Decidí dejarla en paz, por muy mal que yo estuviese respecto a ese tema. Estaba claro que no quería ser mi amiga, y mucho menos algo más. La voz de mi madre interrumpió mis pensamientos.
- Dustin, ¿qué haces ahí sentado? Todavía hay mucho que hacer.
Efectivamente me había sentado en la escalera. No tenía muchas ganas de seguir trabajando, pero me levanté y seguí con el trabajo. El resultado fue: estanterías, la caja, que por el momento era una especie de mesa que iba desde el lado de la escalera hasta casi el otro lado de la tienda y que tenía cristales expositores por la parte delantera, y poco más. 

Me dijeron que podía irme ya si quería, así que me fui a mi casa andando. Mientras caminaba, pensé en apuntarme al gimnasio y también en cómo serían las clases. Pero algo hizo que dejase de pensar; era Edda. Me vio de lejos y se quedó parada. Estaba entrando a su casa por lo que parecía. Seguí andando dispuesto a saludarla y nada más, pero cuando pasé por su lado me detuvo cogiéndome del brazo.
- Dustin, espera.
Permanecí esperando a que dijese algo.
- He pensado sobre el tema, y creo que, exageré la situación.
Me miraba seriamente. Sólo espero que lo hubiese dicho de verdad.
- Era lo que me esperaba.
- Lo siento de veras. 
- Está bien, no importa. Es mejor olvidarlo...
- ¿De dónde vienes? - me dijo mirando hacia el camino que había recorrido.
- De mi librería.
- ¿Tienes una librería?
- Bueno, aún no está abierta, pero sí.
- Es genial... me la tendrás que enseñar cuando la abras.
- Claro...
Nos despedimos y seguí caminando hacia mi casa, pero ahora pensaba en la conversación con Edda. Todavía no la creía del todo, no creía que pudiese haber dicho eso. Pero me sentí algo mejor.

Eran aproximadamente las ocho y media de la noche en Ámsterdam. El viento soplaba fuertemente, oscurecia y parecía que llovería. El verano se iba y todos lo notabamos, incluso Legan, que miraba por la ventana con una expresión aburrida. Tenía una sensación de que todo saldría bien, algo que era raro en mí, pero la tenía.
A la hora de la cena les hablé a mis padres sobre Navidad.
- ¿Volveremos a Dresden por Navidad?
- Aún no lo sabemos, Dustin - contestó mi padre mientras engullía un trozo de salmón a la plancha.
- Me gustaría mucho volver. Quiero ver a mis amigos, aunque sea podríamos ir 3 días o yo que sé.
- Intentaremos ir. Ahora deberías informarte sobre los horarios del instituto, libros, y todas esas cosas.
- Sí, supongo que iré mañana.

Mi intento por volver a Dresden se quedó en un ''quizás''. Pero ese ''quizás'' no era ''no''. Es decir, tenía posibilidades. Tenía todas mis esperanzas puestas en volver.
 Mañana llamaría a Edda para preguntarle sobre el instituto. La idea del instituto me aterraba algo, pero intenté no pensar en lo malo.
Me tumbé en la cama y recordé los viejos tiempos. Constantemente aparecían recuerdos de tiempos pasados . Últimamente siempre me pasaba. Aún sentía vergüenza por lo que me pasó la otra noche. Me había emborrachado y tirado a las calles como un idiota. ¿Qué diría Adler?, ¿qué diría de mí? Ni si quiera quise imaginarlo. Adler no bebía alcohol, siempre estaba en contra de él, también de las drogas y el tabaco. No podía hablarle nunca de lo ocurrido. Sumergido en mis pensamientos, poco a poco iba cerrando los ojos...

jueves, 2 de septiembre de 2010

7. Hans

En mis sueños, Adler me llamaba intensamente, recordándome que él seguía estando allí, en mi mente, en mis recuerdos. Numerosas veces había soñado con él, mi mejor amigo. Podía observar con nitidez su mirada melancólica.
Esa noche, la noche que me abandoné a las calles, mis sueños no fueron una excepción, y Adler no faltó a su cita con mi mundo. Pero, esta vez, algo había cambiado en él. Me agarraba de la mano con fuerza, intentando que yo no cayese al vacío.
Por la mañana, desperté en un callejón, rodeado de gente que discutía sobre algo que yo no llegaba a entender con claridad, sucio y con algunas botellas alrededor de mí. Me llevaban a algún sitio y yo no comprendía nada. Al cabo de unos minutos, me encontraba con la cabeza en la bañera de una casa o un piso, tampoco lo sabía. Me echaron agua por la cabeza y me pusieron en un sofá.
Después de aproximadamente dos horas durmiendo, abrí los ojos y me encontré con la bandera de las Waffen-SS sobre la pared pintada de blanco. Sentí un gran alivio, pero aún así, no me terminaba de fiar del todo. No conocía a esa gente, aunque el hecho de que hubiesen llevado a su casa a un desconocido borracho decía algo de ellos.
Yo tosía mientras me incorporaba cuando un hombre muy alto apareció como de repente en la puerta.
- Así que te has despertado ya, ¿eh?
>> Menos mal que la suerte ha jugado a tu favor y te hemos encontrado nosotros, la cosa podía haber sido un desastre total. No es muy buena idea por tu parte que te pasees borracho por ahí con una cazadora del partido. ¿Por quién pasas?
- Eh, sí... Dustin.
- Yo soy Hans. ¿Eres alemán?
- Sí...
- Se nota.
Mientras lo observaba, se encendía un cigarrillo tranquilamente.
- Oye, chico, ¿cuántos años tienes?
- He cumplido dieciséis este verano.
Se rió sonoramente mientras me observaba.
- ¿No crees que es una edad un poco temprana para emborracharse de esa manera?
- Yo... sí... Bueno, creo que debería de irme.
- Oye, antes de que te vayas. Si necesitas algo, o quieres venirte algún día con nosotros llámame a este número. Hay más chavales de tu edad, seguramente te llevarás bien con ellos.
Me dio una nota escrita en un papel de libreta.
Yo ya estaba andando hacia la puerta mientras miraba el papel.
- Oye, espera, ¿no crees que debería llevarte en coche mejor? ¿Eres nuevo en la ciudad?
- Sí...
Yo todavía me encontraba en un estado de confusión.
- Entonces te llevaré, te podrías perder.
Subimos a su coche, no muy bonito por cierto. Le dije la calle donde vivía.
Mientras íbamos hacia mi casa, pensé en lo bueno que había sido que me encontrase con Hans. Simplemente porque me había dado cuenta de que estabamos tardando media hora en llegar y me hubiese perdido. Bueno, además, ya conocía a alguien de interés en la ciudad. Permanecíamos en silencio todo el camino, hasta que empezó él a hablar.
- Por si te interesa, tengo veinte años.
Ciertamente, no le había preguntado su edad.
Su cabello rubio oscuro brillaba con el sol que entraba por la ventana del coche. Fuera, hacía viento.
- ¿Qué es lo que soléis hacer? -pregunté de repente.
- Hmm... Bueno, normalmente vamos a un bar cerca de mi casa. Hablamos, bebemos... en fin, supongo que eso a ti te va, ¿no? - y lo remató con una sonora carcajada.
- ¿Puedo preguntar a qué te dedicas?
- Aunque no te lo puedas creer, estudio en la universidad.
Por fin podía divisar mi casa a lo lejos.
- Gracias por haberte molestado en todo esto.
- No hay de qué, chico. ¿Es aquí? - preguntó mientras paraba en mi barrio.
- Sí, sí. En fin, muchas gracias. Si hay algún favor que pudiese hacerte, no dudes en decírmelo.
Le apunté mi número en su móvil y andé hasta mi casa. Eran aproximadamente las once de la mañana. Cuando entré, todos me esperaban desesperados en la entrada, incluso Legan.
Se abalanzaron hacia mí, preguntándome que me había pasado, si estaba bien.
Les conté que me había quedado dormido en casa de un amigo. Tuve que inventarme una historia totalmente falsa. Me creyeron a medias, porque apestaba a alcohol. Después empezaron a expresar lo decepcionados que estaban conmigo, porque ni si quiera los avisé.
Después de una hora hablando sobre el tema, subí a mi cuarto, abrí mi correo en el ordenador, y me dispuse a escribirle a Adler.

domingo, 8 de agosto de 2010

6. - Paréntesis -

Una visita inesperada. Mi corazón latiendo demasiado rápido. Nervios.
Increíblemente, Edda había venido a mi casa y me esperaba en el salón. Mi madre me había avisado simplemente diciendome que había una chica en salón. Obviamente, sólo podía ser Edda, ya que no conocía a ninguna chica más. Ahora, vale, hay varias cosas que no entiendo...
¿Cómo ha sabido que vivo aquí? y, ¿por qué ha venido?.
Bajé lentamente las escaleras, pensativo. Estaba de espaldas, sentada en el sofá. Hacía un bonito día de verano. Todo parecía en calma, como si los problemas no existiesen.
- ¿Edda?... Hola, ¿qué tal?
Se giró y me miró con una sonrisa en la cara.
- Hola, Dustin.
Yo no sabía qué hacer, así que me senté en el sofá también.
- Bueno, ¿cómo has sabido que vivía aquí?
- Te vi entrando ayer y bueno... quería venir a verte y a hablar un rato... si quieres me voy. Quizás estabas haciendo cosas y te he molestado.
- No, no, en absoluto.
Eran aproximadamente las doce y media de la mañana, y nosotros nos mirábamos. ¿Qué otra cosa podía hacer? Me gusta, lo admito.
- ¿Quieres quedarte a comer? Mis padres se han ido ya, y bueno... creo que cocino bien.
- Está bien, siempre que no te moleste.

Alrededor de las dos de la mañana, me encontraba cocinando un pollo en el horno y preparando una ensalada, con un divertido gorro de cocinero en la cabeza por petición de Edda.
¿Qué me estaba pasando? Me sentía tan extraño.
Edda me hablaba sobre todo: cine, arte, su vida, música, política.
Cuando había un pequeño paréntesis, me paraba a pensar, como había podido ocurrir esto. ¿Por qué una persona que conocía de casi nada se quedaba de repente a comer a mi casa y me hablaba como si fuesemos amigos de toda la vida?
Creo que es algo inexplicable. Me gustaría saber si a ella le gusto yo. Pero, ¿qué diría yo, cuándo ella me preguntase mi opinión a cerca de algunos temas? ¿Mentir? ¿Por qué debería mentir?.
Decidí que cuando llegase el momento, le diría la verdad. ¿Y si todo terminaba mal, pero y si todo terminaba bien?
Opté por la opción de terminar mal para no hacerme ilusiones.

Os juro que no sé como terminamos en el sofá haciéndonos cosquillas, pero, ¡pasó!. Cuando terminamos de comer, nos sentamos en el sofá y de repente se puso a hacerme cosquillas, y yo... yo... ¡me reí como un niño pequeño!, ¡sí!, Exactamente.
Debía de acabar con esto YA. Tenía que saber la verdad. No era justo.
- Edda, espera... yo... tengo que decirte algo. Tienes que saber como soy de verdad.
- ¿Qué quieres decir?
- Deberías subir a ver mi habitación.
- ¿Y por qué no me lo dices?
- Porque... no puedo.
Así que, subió a ver mi habitación. Yo estaba sudando. Me miré en el espejo del baño. Tenía cara de circunstancia. No sabía ni qué hacer. No entendía nada. Me fui de nuevo al sofá. Pasaron unos interminables seis minutos aproximadamente.
Bajó y me miró. Entonces me dijo adiós y cerró la puerta.
Ya está, ya lo había hecho. Todo había salido mal. Las pocas esperanzas que tenía, ya no existían. Habían sido reemplazadas por un sentimiento de tristeza único.
Por la noche, harto de mi vida y harto de todas las cosas, cogí una botella de alcohol y me abandoné a las calles.
Esa noche, todo me daba exactamente igual.

jueves, 15 de julio de 2010

5. Blanco

En la tienda se podía oler un perfume a cosas viejas en general, y existía una abundante masa de polvo. Todos observamos detalladamente la que sería nuestra futura librería. Ésta se situaba dos calles más abajo de nuestra casa, y estaba cerca del centro de la ciudad. Tenía un tamaño medio. Ahora mismo, era simplemente eso, suciedad y nada más, pero pronto la transformariamos. Bien, al comienzo de mi historia, os preguntariaís(o tal vez no) de qué maldito trabajo vivíamos toda la familia. He aquí la respuesta. Una librería. Sí... ¿qué esperabais?, ¿que mi padre o mi madre fuesen ejecutivos de traje y ganasen seis cifras al año? Lo siento, pero no. Esta historia es más pobre de lo que pensabais.
Enseguida nos pusimos a trabajar. Yo pintaba. Vestía unos pantalones por las rodillas y una camiseta de tirantas, junto con unos guantes para pintar. Vestiríamos las paredes de un marrón muy claro, rozando el beige. El suelo era de madera. En el fondo norte de la habitación se situaba una escalera de caracol y ésta era de metal. Casi no tenía color ya, pero se podía adivinar que antes había estado pintada de blanca. También sería su nuevo color. En la planta de arriba no había prácticamente nada, ni si quiera una habitación. Solamente habian dos filas, una a cada lado, que usariamos para colocar estanterías con libros o algún otro material. Mientras pintaba, en la radio sonaba la famosa composición de Mozart: Rondo Alla Turca. Empezé a sentirme extraño. Ni triste, ni feliz, ni nada, simplemente extraño. Mi mente estaba en blanco y mi mano pintaba maquinalmente. Mi padre y mi madre pintaban la planta de arriba mientras hablaban sobre algunas cosas que yo no llegaba a escuchar con claridad.Yo pensaba en las cosas que me habían ocurrido en las últimas semanas. Recordaba la hoz y el martillo tatuados en la muñeca de aquel chico. También seguía acordandome de Edda, aunque ella no se acordase de mí. Decidí no volver a encontrarme con Artur e intentar buscar a Edda.
Ya era casi de noche en Ámsterdam y yo estaba sentado en los asientos traseros de nuestro coche de vuelta a mi casa. Estaba totalmente agotado de mente y cuerpo y solamente pensaba en dormir y dormir. Miré por la ventanilla vagamente, y de lejos pude divisar las luces del Keizersgracht. No había ningún ruido, todo estaba en silencio, y las luces de las farolas pasaban rápidas ante mí. Me pregunté si mi vida pasaría así de rápido. Recordé las palabras de mi primo... ''Un día te darás cuenta de que siempre has estado equivocado''. Me prestó la asquerosa película de American History X y me dijo que lo importante era la conclusión que decía al final... Sí, aún puedo recordarlo ... ''Mi conclusión... pues mi conclusión es que el odio es un lastre. La vida es demasiado corta para estar siempre cabreado. No merece la pena.''

martes, 29 de junio de 2010

4. El reflejo de una luz

Desperté en una maravillosa mañana de verano. Mientras desayunaba tomandome simplemente un café, recordé a Artur. Hacía varios días que no sabía nada de él porque no lo había llamado, pero hoy quise hacerlo, así que subí a mi habitación y lo llamé desde mi móvil.
- ¿Artur?...
- ¿Quién es?
- Soy Dustin, no sé si te acordarás de mí... nos conocimos el otro día en una librería.
- Ah, claro. ¿Quieres que te enseñe la ciudad? No tengo nada que hacer... Aunque mejor será por la noche, te gustará más.
- Perfecto. ¿A las nueve?
- Sí, sí. Esperame en la librería del otro día. ¿Te importa que lleve a un amigo? Te vendrá bien conocer gente nueva, ¿no?
- Sí... Claro. Hasta luego.

... ¿Un amigo? ¿Qué clase de amigo? Mientras paseaba a Legan pensé que no podía vivir con miedo toda mi vida, y que ya está bien.
Volví a mi casa y no había nadie. ¿Dondé estaban todos? ¿Por qué siempre hacían lo mismo, desaparecer sin decir nada? Seguramente habrían ido a dar un paseo o algo así, no se me ocurrió nada. Comí algunas sobras que habían el frigorifico, ya que no aparecían. Después estuve hablando con mis amigos con mi portátil y escuchando algo de música hasta las ocho.
Las ocho: salgo de mi casa. Me dirigo a la librería vestido con una camiseta de manga corta negra y unos pantalones blancos que me llegan hasta las rodillas. De lejos veo a Artur y a otra persona junto a él. Me miran. Finalmente llego y Artur me presenta a su amigo. No le presto mucha atención. Los tres caminamos mientras Artur me habla sobre como es el instituto, a petición mía.
Llegamos al Keizersgracht, iluminado con bombillas colocadas en los arcos. Me apoyo sobre la barandilla y contemplo el agua. Las luces se reflejan en ella. Un paisaje inédito para mí se coloca ante mis ojos, y yo lo contemplo lentamente, admirandolo... Tal es el espectaculo, que Artur me miró, dandose cuenta de que estaba fascinado por el paisaje, pero no dijo nada, y me dejó saborear el momento.
No me había dado cuenta de que su amigo tenía un pequeño tatuaje en la muñeca de una hoz y un martillo, hasta que me giré y lo vi apoyado en la barandilla también. Me quedé mirando y se dió cuenta de mi observación. Me sentí como si estuviese en territorio enemigo y quise irme. Me despedí y me fui rápido a mi casa, pero mientras iba, me cruzé con Edda. La iba a saludar, pero pasó de largo, pasó de mí, y yo me quedé parado en la calle.

lunes, 14 de junio de 2010

3. Artur y una bici

Durante varios días estuve vagando por los alrededores intentando encontrar a Edda. Era jueves por la tarde y estaba aburrido. Decidí alquilar una bici y darme una vuelta a ver que encontraba. Vestía normal para no llamar mucho la atención. Todo iba bien hasta que vi a un chico vestido de skinhead. Me quedo mirando tanto, intentando reconocer su bando, que casi me caigo. Está mirando los libros que hay en un escaparate. Me bajo de la bici y la dejo apoyada en un árbol. Me acerco al escaparate, disimulando que estoy mirando libros. Lo miro de reojo, él ni si quiera me mira. Lo vuelvo a mirar para saber qué libro está mirando. Entonces me mira al darse cuenta de mi interés. Parece que tiene más o menos la misma edad que yo. Parecía que me intentaba decir algo.
Al final me decido por hablarle.
- ¿Te gustan los libros?
-Según que tipo de libros- me observa con desconfianza.
-¿Cómo te llamas?
- ¿Por qué debería de decirte mi nombre?
- No sé... Yo me llamo Dustin...
- Está bien... Artur..
Lo observo unos instantes; está rapado, pero parece tener el pelo rubio ceniza y los ojos grises. Con todo esto, se me había olvidado que quizás podría ser mi enemigo.
Entramos a la librería porque va a comprar un libro para un regalo, y yo de mientras miro otros. Mientras el cajero le envuelve el libro, se vuelve para coger uno sobre Bakunin. Lo miro de otra manera ahora, y me alejo de los libros que estaba viendo para acercarme a él y comentarle sobre el libro.
-¿Te lo has leído?
- No, pero algún día de estos lo haré, las vacaciones son largas.
Mi pregunta era estúpida, pero no se me ocurrió otra cosa. Volvió a la caja para pagar y nos fuimos. Seguimos andando y charlando. Le dije dónde vivía, mi número de teléfono, mi móvil, mis aficiones, le dije casi todo, excepto mi forma de pensar. Después me pregunté por qué, por qué le tenía que haber contado todo eso. En un arrebato de arrepentimiento, le dije que me tenía que ir.
-Está bien, si necesitas que te enseñe la ciudad o lo que sea, llámame.
Lo vi alejarse. En mi mano tenía un papel con su número de móvil. De repente me acordé de qué me había dejado la bici apoyada en el árbol. Volví casi corriendo. Por suerte, seguía allí. Ya eran aproximadamente las nueve de la noche. Dejé la bici donde la había alquilado y me fui a casa. Mi casa estaba cerca, así que no tuve que andar mucho.
Al llegar a casa, subí directamente hacia mi habitación, cerré la puerta y me senté en una silla al lado de la ventana. Ví como pasaba la gente mientras pensaba a cerca de Artur. ¿Y si descubría como pensaba? ¿Me aceptaría? Pensé en decírselo, pero después decidí que sería mejor si se lo decía cuando ya lo conociese más. Con todo esto, se me había olvidado cenar, pero ya daba igual. Me puse a leer al lado de la ventana, pero mientras leía, me perdí en mis propios pensamientos, recordando de nuevo a mis camaradas...

viernes, 14 de mayo de 2010

2. Dieciséis veranos

Podría decir que era una mañana cualquiera de agosto, pero lo era y a la vez no lo era. Lo era porque para el resto del mundo era una mañana cualquiera, pero para mí era mi cumpleaños.
Me acababa de despertar y me dispuse a levantarme de la cama como siempre, pero, cuando me estaba levantando vi un perro en mi cuarto. Cerré los ojos y los volví a abrir por si me estaba volviendo loco. Pero seguía allí. Era un gran danés negro sentado elegantemente.
Estoy de pie y miro a mi alrededor. Me acerco al gran danés y le acaricio la cabeza. No hay respuesta. Después como de repente, entran mi madre y mi padre haciendo un alboroto y gritandome ''felicidades''.
-¿Qué te parece? - dice mi madre mirando al elegante perro.
- Creo que será un buen camarada...
Mi padre mira al perro y después a mí.
-¿Qué nombre le piensas poner?
Permanezco unos instantes mirándolo y finalmente digo:
- Creo que lo llamaré... Legan...
Obviamente, era un nombre estúpido, pero no se me ocurrió otro.
Después de comer, me dormí con Legan en el sofá como si fuesemos camaradas de toda la vida. Y más tarde, más o menos a las cinco de la tarde, salimos a pasear.
Me miré en el espejo haciendo todo tipo de gestos estúpidos y me peiné mi pelo rubio. Estaba pensando en raparme, pero aún no estaba del todo decidido.
Salgo de mi casa con Legan y vamos paseando tranquilamente por una calle llena de casas. Veo a una chica en un banco en frente de una casa llorando y me paro. No sabía qué hacer. ¿Voy y le pregunto qué le pasa? ¿Pensará que soy un entrometido? ¿Paso de largo? Finalmente sigo adelante y decido preguntarle. Me paro en frente de ella.
-Hola...
Me mira como preguntandose quién soy yo.
- Yo... ¿qué te pasa? ¿estás bien? - realmente estaba un poco nervioso.
- No, no es nada.. es una tontería...- se seca las lágrimas con un pañuelo o algo así - ¿quién eres?
- Me llamo Dustin y él Legan ¿Y tú?
Se ríe y dice:
- Edda. ¿Eres alemán?
- Sí. Vine ayer.
Finalmente me siento yo también en el banco y nos quedamos charlando un rato. Mientras estamos hablando, me fijo en sus rasgos. Tenía unos bonitos ojos azules y el pelo largo y castaño. Pero, de repente me asalta una duda. ¿Y sí descubre lo que soy? ¿Qué hará?
Le digo que me tengo que ir huyendo del problema por si la conversación iba a más. Ya es de noche pero no sé qué hora. Me sigo paseando pensando. De repente me siento triste. Me siento triste por tener que huir de ese modo por lo que soy. Me siento en un banco medio roto apartado de la humanidad. Canto en mi cabeza la canción de Erika, porque tampoco la puedo cantar en voz alta. Legan, que había estado aguantandome toda la tarde me mira fijamente. Me pregunto que pensaría Legan de mí si pudiese pensar más. Cierro los ojos. Ya no estoy en Amsterdam, ahora estoy en Dresden. Estoy en nuestro lugar de reunión, un lugar apartado de la humanidad, la casa en las afueras de mi camarada Adler. Estamos cantando la canción de Erika. Después estoy en otro sitio. Estoy en mi hogar. Me rio como un loco al ver desde mi ventana como un borracho grita en medio de la calle cosas sin sentido.
Y ahora en la realidad actual, abro los ojos al escuchar un ruido cerca mía. Pienso que da igual y me voy triste a mi casa con Legan, mi humilde y único camarada ahora. Lo que me han regalado para mi cumpleaños es simplemente nostalgia.

martes, 11 de mayo de 2010

1. Introducción: Primer verano en Amsterdam

Me bajé del coche con una expresión neutral en mi cara. Miré al frente, a los dos lados y detrás. Después observé de arriba a abajo mi nuevo hogar. Era una casa pequeña cerca del centro. Me quedé absorto en mis pensamientos sobre mi nueva vida y no me di cuenta de que estaba parado en la acera hasta que escuché a mi querida madre gritando desde la puerta ''Dustin'', lo que venía siendo mi nombre...
Me dirigí corriendo hacia la puerta con mis maletas. Creo que es lo más rápido que se puede ir con tres maletas. Mi madre me guió hasta mi nueva habitación. Ésta era pequeña y tenía una sola ventana. Aún así, me pareció que estaba lo suficientemente bien para mí. Entonces mi madre me miró y empezó a hablar y a hablar, de lo cual yo me enteré:
- Ten cuidado.... lo que te dije... pegar... nada... baja después... hablaremos... ¿me estás escuchando? - de esta última frase si me enteré con claridad.
- Sí, sí, por supuesto. Ya sé. - dije yo sin saber nada- Después bajaré, ahora voy a ordenar todo.
Finalmente se fue y me quedé yo conmigo. Miré los muebles. Un armario incrustado en la pared, un escritorio, una cama cómoda, una mesita al lado de la cama. También había un flexo en el escritorio y una lámpara en la mesita. No entiendo por qué no en el techo...
Abrí las maletas y empezé a colocar toda la ropa. Después instalé sobre el escritorio mi ordenador y puse mi bandera alemana en la pared, encima de la cama, para no olvidar que aunque me hubiese ido seguía estando presente en mí. Después saqué todos mis libros. No había estantería. Los dejé en el escritorio hasta que hubiese una. Miré por la ventana. Hacía sol. Veía mucha gente pasando. Empecé a pensar que quizás esto no estaría tan mal, aunque nunca podría reemplazar a Dresden. De repente entra mi padre sin ni si quiera tocar a mi puerta, como de costumbre.
- Bueno... ¿qué te parece? - se toca las manos e intenta poner una expresión amistosa, aunque ambos nos llevamos bastante mal.
- No está mal. Puedo sobrevivir.-respondí yo con un aire arrogante.
Me doy la vuelta como finalización de la conversación y se va. Después me quedo pensando sobre lo que había dicho. Saqué la conclusión de que había sido una respuesta sin sentido. En verdad no pensaba eso. Creo que me gusta este sitio.
Me viene a la cabeza como de repente que mañana es mi cumpleaños. Me hubiese gustado estar en Dresden, pero ya no había nada que hacer. Cumplía dieciséis años.
Desde las nueve y media hasta las doce estuve en mi cama leyendo ''Achtung-Panzer!'', escrito por el mismísimo Heinz Guderian. Después, mientras intentaba dormirme, me acordé de mis amigos camaradas de Dresden, como si no los hubiese visto desde hace cien años. Finalmente, me dormí con la esperanza de que los volvería a ver pronto.